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Lo importante para ser feliz es tener salud, dinero, amor… Y una casa. La propiedad siempre se ha impuesto al alquiler en España. Mucho antes de la pandemia, a finales de 2018, Andimac y Habitissimo publicaron una encuesta donde admitían que los españoles que viven en propiedad son un 10,8% aún más felices que los que están de alquiler. Aunque el arrendamiento ha ganado cierto impulso desde entonces, lo cierto es que la distancia todavía es muy amplia. Da la sensación de que ser inquilino es sinónimo de fracaso, o al menos así lo entiende buena parte de la sociedad. Sin embargo, hay quien escoge el alquiler no como una fase previa la compra para poder ahorrar, sino de forma consciente, si bien la abrumadora mayoría sigue pensando que poseer es mejor que estar de paso.

El factor económico es esencial, pero también hay un claro componente emocional. Ser dueños de una casa es uno de los objetivos vitales más compartidos. Se trata de una carrera de fondo que comienza con el ahorro previo necesario para pagar la entrada al promotor o la parte no financiada por el banco. También es una carrera de obstáculos: demostrar solvencia, ajustar la capacidad de endeudamiento, realizar todos los trámites, pagar los gastos e impuestos… Al final, lograr cerrar la operación suele ser percibido con alegría, y no solo por nosotros, sino por nuestro entorno cercano.  ¿De qué forma incide en nuestro estado de ánimo incluir la compra de una vivienda en nuestros planes? ¿Convertirnos en propietarios de una vivienda es la clave de la felicidad?

Los propietarios de una vivienda son más felices… pero no de cualquier vivienda

Más allá de haber accedido a una vivienda por medio de la compra y no del alquiler, la felicidad inmobiliaria es un concepto complejo que está lleno de matices. Cuestiones como la localización, la superficie, el estado de conservación o las instalaciones comunitarias influyen en cómo nos sentimos. A veces es mejor tener una casa más pequeña y mejor situada de alquiler, que más grande y alejada de nuestros intereses. Obviamente, el estilo de vida que tengamos va a inclinar la balanza hacia uno de los dos regímenes de tenencia. Por otro lado, la propiedad puede convertirse en una pesadilla si tenemos un problema con un vecino, algo que de alquiler se resolvería con una mudanza.

En una escala del 1 al 10, según el Observatorio de AEDAS Homes de junio de 2022, el hogar más feliz, con una media de 7,6, es aquel en el que sus residentes son propietarios de una vivienda sostenible, digitalizada y situada en un entorno rural. Además, se trataría de familias con hijos en las que sus miembros adultos teletrabajan dos o tres días a la semana. ¿Significa esto que los singles que escogen vivir de alquiler en un distrito céntrico al lado de la oficina son menos dichosos o se sienten incompletos? Se trata de un juicio de valor muy subjetivo, en el que entran en juego muchas variables. Efectivamente, la relación entre jóvenes y vivienda no es sencilla, pero vivir en un piso compartido puede ser una de las experiencias más divertidas y enriquecedoras de nuestra vida.

3 razones que nos hacen más felices al escoger la propiedad frente al alquiler

Aunque puede resultar complicado admitir esa relación directa entre felicidad y propiedad inmobiliaria, sí que podemos llegar a valorar como positivos algunos de los cambios para bien que genera el ser dueño de un piso. Estas variables tienen que ver con aspectos tangibles, pero también existen sentimientos, y el que hecho de que se manifiesten con más fuerza con la firma de una compraventa genera una mayor sensación de plenitud.

Comprar permite un mayor grado de confort

En una casa de alquiler podemos imprimir nuestro sello personal, pero estaremos limitados a la hora de hacer según qué tipo de obras. Cuando el espacio es tuyo, hay un sentimiento de poder que nos invita a sentirnos afortunados. Ser propietario abre la puerta a la creación de un entorno íntimo ajustado a nuestros gustos, totalmente único. Además, nos vuelve más vitales, nos dan ganas de hacer planes y disfrutar de nuestra casa con familiares y a amigos. No hay nada como sentirse rodeado de lo que más nos gusta, y si cambiamos de opinión, darle la vuelta sin remordimientos. Pintar, tirar un tabique, abrir la terraza… Todo para estar más cómodo y sin tener que renunciar a ninguna clase de reforma o distribución porque lo diga un contrato de alquiler.

Comprar aumenta nuestra tranquilidad emocional

Está claro que la solvencia es necesaria en cualquiera de los dos casos. Un inquilino debe pagar la renta cada mes, al igual que el que compra a través de una hipoteca y debe cumplir con su cuota. Sin embargo, al propietario no le va a venir nadie de repente y le va a decir que debe dejar la casa dándole el periodo de preaviso estipulado por ley. Esta estabilidad nos ayuda a estar más contentos y vivir con menos angustia, ya que somo dueños de nuestro futuro, tenemos el control y no dependemos de que el casero necesite la vivienda y tengamos que empezar de cero de nuevo. La propiedad es un sueño que fomenta la sensación de arraigo. Aunque el teletrabajo está incrementando el número de nómadas digitales, la necesidad de establecerse tarde o temprano hace acto de presencia.

Comprar es una inversión de futuro

No podemos desligar el fenómeno de la compra por uso de compra por inversión. Al acceder a la propiedad, no solo obtenemos una residencia, sino un activo. Esta seguridad financiera dista mucho de la percepción que se tiene del alquiler, por el que no se consigue nada a largo plazo, es disfrute 100%. Este incremento en el patrimonio es, para muchos, un plan de pensiones. En este sentido, la propiedad incrementa nuestro sentido de responsabilidad financiera. Mucho antes de pasar por el notario, tendremos que haber evaluado nuestra economía, haciendo números y realizado un presupuesto. Es obvio que existe cierta inquietud ante la posibilidad de que ocurra algo inesperado y no podamos afrontar un préstamo, pero una buena planificación financiera evita sentirse desprotegidos.

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